Algún día tendré que sentarme a escribir mi carta de amor. Sí, algún día lo haré. Claro que lo haré. Diré todo lo que pienso del Amor en una carta. Mi carta. Y luego, me la comeré.

Sí. Eso haré.


Algún día me sentaré a escribir y entonces, entre los espacios que entrelazan esas estúpidas palabras, a lo mejor, descubriré porque estoy tan enojada con este señor Amor. O con eso que dicen que se llama amor. O con lo que sea que digan que dijeron que tal vez sea eso que alguien dijo que era, o no…Sí, algún día me sentaré a escribir la carta que me debo. Sí, algún día… hoy no, hoy sólo me aviso, para que ande con cuidado, para que no me crea que seguiré esquivando el bulto… me haré cargo y me lo diré todo. Así, cortito y clarito, blanco sobre negro y hasta me banco los grises y plateados.


Sí, lo haré. y cuando suceda, cuando finalmente me decida, trataré de escribir sobre una gran torta de chocolate…porque si he de comerme la carta, al menos que sea esponjosa y húmeda y bien sabrosa…

Después de todo, ya sabemos lo que pasa con el amor….



Arruiné el blog ¿no?
Sí, ¿no? ufa

Colección cartas de amor. J.W. Goethe

De J. W. Goethe a Carlota Buff
10 de septiembre de 1772

Espero volver, pero Dios sabe cuándo. ¡Oh, Lota, cuán oprimido sentía el corazón cuando te hablaba, pues sabía que era la última vez que os veía! La última vez, no, y sin embargo, parto mañana. ¡Ha partido! ¿Qué espíritu os hizo hablar como lo hicisteis? ¡Tenía necesidad de decir todo lo que sentía; yo no pensaba más que en mi vida aquí abajo y en la mano que yo besaba por última vez, en la habitación a la que no volveré más, en el buen padre, que por última vez me acompañó!
Estoy solo ahora, y puedo llorar, os dejo felices y no salgo de vuestros corazones. ¡Y yo os volveré a ver; pero será como nunca, puesto que no será mañana!
Decid a mis queridos pequeños que he partido. No puedo continuar.


Se trata de un amor “imposible” Una relación muy parecida es representada por este autor en su obra Las desventuras del joven Werther.


De Werther a Carlota
Lunes, mañana del 21 de diciembre

Lota, he resuelto morir y te escribo sin exaltación romántica.
Cuando leas estas líneas, la tumba fría cubrirá los rígidos despojos del desgraciado, del atormentado que no tuvo placer más dulce, en los últimos instantes de su vida, que el de pensar en ti. He pasado una noche terrible y benéfica, porque ha fijado y afirmado definitivamente mi resolución. ¡Quiero morir!
¡Con qué delirante sacudida, en todos mis sentidos, me separé ayer de ti! ¡Y cuánto el pensar en mi destino, sin esperanza y sin alegría, privado de ti, me hacía palpitar el corazón!
Apenas pude llegar a mi cuarto, cuando caí de rodillas y, ¡oh, Dios!, tú me otorgaste el último consuelo; desahogar la amargura de mis lágrimas.
Mil propósitos, mil proyectos se combatían en mi alma, y de súbito surgió uno firme, inquebrantable: ¡quiero morir!
Me acosté en mi lecho, y al día siguiente, al despertar, el mismo pensamiento continuaba grabado en mi corazón: ¡quiero morir!
No es desesperación, es un convencimiento que llevo en mí; debo sacrificarme por ti.
Sí, Lota; ¿por qué ocultártelo” Preciso es que uno de nosotros tres desaparezca, y seré yo.
¡Oh, amada mía! Este corazón desgarrado me insinuó varias veces una idea: matar a tu esposo…, a ti…, a mí… ¡Pero…sea yo solo!
Cuando al anochecer de un hermoso día de verano subas a la montaña, piensa en mí, que desde el valle tantas veces fui a buscarte, y mira hacia el cementerio, a mi tumba, en la que el viento abatirá la hierba en dilatadas ondulaciones, doradas por los rayos del sol poniente.
Estaba tranquilo al comenzar esta carta; pero ahora me impresionan tan vivamente estas imágenes, que lloro como un niño.

(Werther y Carlota son los personajes de la novela de Goethe: Las desventuras del joven Werther)

Colección Cartas de amor. Arthur Rimbaud





De Arthur Rimbaud a Paul Verlaine
De Londres a Bruselas

Londres, Viernes tarde (4 de julio de 1873)


Vuelve, vuelve, querido amigo, único amigo, vuelve. Te juro que seré bueno. Si fui áspero contigo, fue por una broma en la que me encapriché, me arrepiento de ella como no puedes imaginarte.
Vuelve, esto se olvidará bien pronto. ¡Qué desgracia que creyeras en esa broma! Hace dos días que no dejo de llorar. Vuelve. Sé valiente, querido amigo. Nada se ha perdido. No tienes más que rehacer el viaje. Volveremos a vivir aquí muy valientemente, pacientemente.
¡Ah! te lo suplico. Por lo demás es para tu bien. Vuelve, tú encontrarás todas tus cosas. Espero que sepas que ahora no hay nada verdadero en nuestra discusión. ¡Espantoso momento! Pero, ¿por qué cuando te hacía señal de dejar el barco no viniste? ¡Hemos vivido dos años juntos para llegar a esto! ¿Qué vas a hacer? Si no quieres volver aquí, ¿quieres que vaya a reunirme contigo donde estás?
Sí fui torpe.
¡Oh, dí! ¿no me olvidarás?
No, no puedes olvidarme.
Yo te tengo siempre aquí.
Dí, responde a tu amigo. Es que nosotros no debemos más vivir juntos. Sé valiente. Respóndeme rápido. No puedo quedar aquí mucho tiempo. No escuches sino a tu buen corazón.
Rápido, dí si yo debo reunirme contigo.
Tuyo toda la vida.

Rimbaud

Rápido responde, no puedo quedarme aquí más que hasta el lunes por la tarde. Sigo sin un centavo: no puedo poner esto en el correo.
Confié a Vermersh tus libros y tus manuscritos.
Si no debo volver a verte más, me enrolaré en la marina o el ejército. Oh, vuelve, a todas horas, lloro por ti. Dime que te encuentre, yo iré, dímelo, telegrafíame. Es preciso que parta el lunes por la tarde. ¿Dónde vas, que quieres hacer?

Colección Cartas de amor. Honoré de Balzac

De H. de Balsac a la señora de Hanska, 12 de setiembre de 1845

Recibí al fin su carta…¡Oh, Dios mío! ¿Se sabe lo que es una carta?
Estoy todo tembloroso de felicidad… saber lo que usted hace, dónde está usted, lo que usted piensa, es ahora la felicidad. ¿qué página más bella la de las familias de catedrales y cementerios!...
¡Ah!, usted es la que sabe escribir.

… No me dice usted cómo pasó la frontera prusiana. Está usted segura, ¿no es cierto?, hasta qué punto todas las penas de su corazón son mías; yo no me acostumbro a nada; no cruzo la plaza de la Concordia sin suspirar tristemente. Cuando esté usted en Badén, procure adquirir la buena costumbre de escribirme dos veces por semana. Usted, tan buena, no rehusará hacerlo, ¿no es verdad? No encontrará usted que soy demasiado exigente, demasiado enojoso y demasiado inoportuno. Egoísta, sí lo soy, pero sus cartas son mi vida.

Hasta mañana; tengo que hacer varias diligencias y es preciso que amontone mucho original.



Eva Hanska es recordada como el gran amor de Balsac. A partir de la publicación de La muchacha de los ojos de oro, se acusaba al escritor de impotencia y homosexualidad. Para tranquilizar a su amada, él le envía varias cartas. El conde Hanska descubre dos de ellas.

Colección cartas de amor. Simón Bolivar

De Simón Bolivar a Manuela Saénz.
Ecuador, setiembre de 1826

Mi encantadora Manuela:
Tu carta del 12 de setiembre me ha encantado: todo es amor en ti.. yo también me ocupo de esa ardiente fiebre que nos devora como a dos niños. Yo, viejo, sufro el mal que ya debía haber olvidado. Tú sola me tienes en ese estado. Tú me pides que te diga que no quiero a nadie. ¡Oh, no! A nadie amo: a nadie amaré. El altar que tu habitas no será profanado por otro ídolo ni otra imagen, aunque fuera la de Dios mismo. Tú me has hecho idólatra de la humanidad hermosa, de Manuela. Creéme: te amo y te amaré sola y no más. ¡No te mates!
Vive por mí y para ti: vive para que consueles a los infelices y a tu amante, que suspira por verte. Estoy tan cansado del viaje y de las quejas de tu tierra que no tengo tiempo para escribirte con letras chiquitas y cartas grandotas como tú quieres. Pero en recompensa, si no rezo, estoy todo el día y la noche haciendo meditaciones eternas sobre tus gracias y sobre lo que te amo, sobre mi vuelta, y lo que harás y lo que haré cuando nos veamos otra vez. No puedo más con la mano. No sé escribir.

Repudiada por un amplio sector de su país, Manuela no renuncia en ningún momento a seguir siendo la amante de Bolivar.


¿Y qué querés que te diga? Eduardo Gudiño Kieffer

RECUERDO DE INFANCIA. Estábamos en la playa. Yo tendría cinco, seis años. Empezó a soplar un gélido viento del sur. “Me voy a bañar” –decidí en ese momento. “¿Con este frío!” –se asombró alguien. “No, voy solo”.

REFLEXIÓN. Voy solo a todas partes. Lo que prueba que no soy ninguna excepción entre los mortales: todos vamos solos a todas partes. Nacemos y nos morimos solos.

RECUERDO DE ADOLESCENCIA. La chica me gustaba enormemente. Estaba lo que se dice loco por ella. Necesitaba decírselo, decirle que la amaba. Pero tenía un miedo bárbaro. Me sabía flaco, desgarbado, torpe. Orejudo, para colmo. No sé de donde saqué valor para acercarme. Ella, haciéndose la distraída, masticaba un yuyo. Cuando estuve a su lado me miró a los ojos y me sonrió. Era tan absolutamente divina que le dije: “Sos una estúpida”. En esa época era imposible decirle a una niña: “sos una boluda”. Ahora está permitido, parece.

¿Y QUÉ QUERÉS QUE TE DIGA? Fui chico, fui adolescente y he cumplido ya unos cuantos años, pero mi condición de escritor me impide superar, felizmente, la errática edad del pavo. El chico y el adolescente están en mí, como estarán en el viejo que seré si no reviento antes. Todos solos: tan solos como yo. Como vos. Como los personajes. Como el escritor. Como el lector. Como Dios. ¿Y qué querés que te diga? Bueno, te lo digo: no me voy con este frío. ME VOY SOLO.

Eduardo Gudiño Kieffer


Colección Cartas de Amor. Oscar Wilde

De Oscar Wilde a Lord Alfred Douglas
Londres, marzo de 1893

El más querido de todos los muchachos,
Tu carta era deliciosa, vino rojo y amarillo para mí; pero estoy descontento y triste. Bosie, no debes hacerme escenas. Me matan, destruyen la hermosura de la vida. no puedo verte, tan griego y grácil, desfigurado de furor. No puedo oírte decir, con los labios torcidos, cosas abominables contra mí. Preferiría ser chantajeado por todos los chulos de Londres a verte amargo, injusto, odiando.
Necesito verte enseguida. Tú eres lo divino que deseo, y lo encantador y bello; pero no sé como hacerlo. ¿Debo ir a Salisbury?
Mi cuenta es aquí de 49 por semana. Tengo también un nuevo apartamento sobre el Támesis. ¿Por qué no estás aquí, mi querido, mi hermoso muchacho? Temo tener que dejar esto; sin dinero, sin crédito, y con el corazón de plomo.
Tuyo,

Oscar

A partir de un altercado con el padre de Lord Alfred , Wilde fue acusado de sodomía y condenado a dos años de trabajos forzados. Esta carta y otros testimonios fueron presentados como pruebas en su contra.

 
Ir Arriba